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Mundo Militar: Artículos, reportajes y recursos varios

 

SEGUNDA GUERRA MUNDIAL (II WORLD WAR)

Las Causas

El Conflicto
·Hitler, el hombre tras el Imperio
·Hitler, ansias de poderío
·Hitler en camino al poder
·Nace el partido Nacional Socialista: NAZI

·El poder total
·El inicio de la guerra

Consecuencias de la II Guerra Mundial

Operaciones militares
·Ofensiva en el Oeste
·Operación Barabarroja
·El Desembarco de Normandía
·La batalla de Kursk (Operación Zitadelle)

·Adlertag "El Día del Águila"
·La batalla del bosque Hürtgen

El Holocausto y sus víctimas

HITLER, EL HOMBRE TRAS EL IMPERIO
Fuente: http://sgm.casposidad.com/

 

Adolf Hitler y Hermann Göring saludan a los participantes en el desfile desde la ventana de la nueva oficina de Hitler.

 

El Tercer Reich colapsó en la primavera de 1945. Pocos supieron lo que pasaba realmente tras su fachada. La dictadura operó en secreto. Hitler es el último de los grandes conquistadores en la tradición de Alejandro, César o Napoleón. Y el Tercer Reich, el último de los imperios. En el 28 de enero de 1933 se destituyó al anciano presidente mariscal Von Hindenburg. Hitler, jefe del nacionalsocialismo, el partido político más numeroso de Alemania, pedía la cancillería de la República Democrática que había prometido destruir. Quería abolir el régimen democrático. El Presidente tenía 86 años y aunque se oponía, flaqueó y el 30 de enero nombró canciller a Hitler. Éste ya se hacía acompañar por Goebbels, Roehm y Goering. Hitler había sido un vagabundo que caminaba en Viena, un soldado anónimo de la Primera Guerra mundial, fascinante orador y austríaco. Tenía 43 años cuando lo nombraron, se emocionó. Con ese episodio cambió la historia de la humanidad. Su nombramiento se celebró en las calles con marchas. ¿Supo Hindenburg lo que había echado a andar? Hitler saludaba y sonreía emocionado. Goebbels escribió: la revolución alemana ha comenzado.

Su reino duró 12 años y 4 meses. Causó una erupción violenta y destructora, desolación, calculada carnicería de vidas y espíritu humano. Sobrepasó todas las salvajes opresiones de las eras anteriores. Hitler fundó el Tercer Reich. Lo gobernó despiadadamente, con astucia poco común. Lo condujo a las vertiginosas alturas y a un espantoso fin. Tenía personalidad demoníaca, voluntad de granito, misteriosas intuiciones, fría crueldad, notable inteligencia y alta imaginación. Al final se encontraba borracho de poder y de triunfos. A algunos alemanes y extranjeros les pareció un charlatán. Luego tomó aura de jefe carismático, lo siguieron ciegamente como si poseyese el juicio divino.

Nació a las 6:30 de la tarde del 20 de abril de 1889 en una modesta posada en Braunau, Austria, en la frontera austro-germana. Hitler tenía una media hermana, Angela, que tenía una hija: Geli Raubal, el verdadero amor de Hitler. También tenía un medio hermano, Alois, pero Hitler no quería saber nada de él. Era el vivo recordatorio de su origen humilde. Hitler nunca habló de su familia.

A los 6 años ingresó a la escuela, era 1895. A los 15 años ya se había cambiado 7 veces de dirección y había estado en 5 escuelas diferentes. Un compañero lo recuerda como un discutidor autocrático, de opiniones propias, mal carácter e incapaz de someterse a la disciplina escolar. No era trabajador. Un profesor de historia, Leopold Poetsch, influyó en Hitler. Era un fanático nacionalista alemán. Hitler le rindió tributo en su libro. "Usaba nuestro fanatismo nacional en brote como medio de educarnos, apelando frecuentemente a nuestro sentimiento de honor nacional. Hizo de la historia mi tema favorito. Fue entonces cuando me convertí en un joven revolucionario", escribió en su libro. Con la muerte de su padre Hitler lloró. Su madre, viuda y con dos hijos, se vio obligada a hacerlo estudiar la carrera de funcionario civil. Pero su hijo no deseaba eso y, aunque se querían, entre ellos hubo fricciones. A los 16 años padeció de una dolencia pulmonar y fue mandado a la casa de su tía en Spitel.

En geografía e historia obtuvo notable, en dibujo sobresaliente, según su último informe. Al salir de la escuela se emborrachó. Luego se mantuvo abstemio, no fumador y vegetariano. Descubre los años más felices de su vida, entre los 16 y 19 años. Soñaba con un futuro como artista. Se negaba a trabajar y así ayudar a su madre económicamente. Le parecía repulsiva la idea de recibir un sueldo. La felicidad era no tener que trabajar y eso le dio libertad: soñaba, pensaba, hablaba con amigos del mundo, escuchaba a Wagner. Un amigo lo recuerda como pálido, enfermizo, un joven tímido y reticente con repentinos estallidos de furia histérica contra los que no estaban de acuerdo con él. Estaba decidido a ser artista, pintor o arquitecto. Pero desde los 16 años estuvo obsesionado con la política. Odiaba la monarquía de los Habsburgo y todas las razas no alemanas del Imperio Austro húngaro. Tenía un amor igualmente violento hacia todo lo alemán. A los 16 años ya era un fanático nacionalista alemán. Se hizo lector voraz. Sus obras favoritas eran de historia y mitología alemanas.

En 1906 se fue a Viena con el dinero que le dio su madre. La primera visita le encantó. A los 18 años postuló a la Academia de Bellas Artes, pero no aprobó el ingreso. Postuló al año siguiente y tampoco fue aceptado. Para el joven ambicioso fue el hundimiento. Sufrió el dolor del fracaso. El 21 de diciembre de 1908 murió su madre de cáncer. Fue un golpe. Había respetado al padre, pero a su madre la quería. La muerte puso fin a sus planes de alto vuelo. Se vio obligado a conseguir su propio dinero. Partió a Viena nuevamente. Entre 1909 y 1913 vivió años de completa miseria e indigencia. Hitler trabajó en extrañas tareas: retirar nieve de las calles, sacudir alfombras, llevar maletas, de peón. Durante 4 años vivió en pensiones de baja categoría, en barrios miserables, se salvó de morir de hambre porque iba a las cocinas de caridad. Fue la época más triste de su vida. Sufría de hambre, pero nunca trató de conseguir un trabajo fijo. No quería caer en las filas del proletariado, de los trabajadores manuales.

No tenía vicios y usaba un largo abrigo. Para él leer era un arte: saber retener lo esencial y olvidar lo no esencial. Fue tomando forma su visión y filosofía del mundo que fueron luego, los cimientos de sus actos.

¿Qué aprendió tan importante? La monarquía del Danubio agonizaba. Durante siglos una minoría germano-austríaca había gobernado un imperio formado por 12 nacionalidades diferentes. Desde 1848 la autoridad se había ido debilitando. A comienzos del siglo XX los pueblos eslavos pedían igualdad y autonomía nacional. Las clases bajas reclamaban derecho a voto, los trabajadores pedían sindicatos y derecho a huelga. Hitler, joven y fanático nacionalista austro-germano, era opuesto a estas evoluciones. Para él, el imperio se hundía en un pantano. Podía salvarse sólo si la raza germana dominante recobraba la antigua y absoluta autoridad. Otras razas, para él, sobre todo los eslavos, eran inferiores. Había que gobernar con mano de hierro y dejarse de tonteras democráticas. En los comedores de caridad comenzó a gestarse una astucia política que le permitió ver con asombrosa claridad las fuerzas y debilidades de los movimientos políticos contemporáneos. Hitler se dio cuenta de la importancia de la oratoria en la política. Los oradores públicos eran efectivos. Escribió: "la fuerza que mueve avalanchas políticas y religiosas es el mágico poder de la palabra hablada y sólo eso. Las grandes masas de gente pueden ser movidas solamente por el poder de los discursos. Todos los grandes movimientos son movimientos populares, erupciones volcánicas de las pasiones y de los sentimientos emocionales humanos, fomentados bien por crueles dioses del dolor o por la antorcha de la palabra arrojada entre las masas, no por chorros de limonada de los estetas literarios y de los héroes de salón".

Comenzó a practicar oratoria entre los grupos de oyentes que formó en las posadas de baja categoría, comedores de beneficencia y en las esquinas. Se convertiría en un talentoso orador, más que ningún otro alemán de la época, lo que contribuyó en gran parte a su asombroso éxito. Según sus amigos, desde la escuela era antisemita.

En Viena vivían unos 200 mil judíos. Hitler se preguntó si eran alemanes. Comenzó a leer literatura antisemita. Dice que empezó a ver judíos por todas partes "a menudo sufrí náuseas al oler a estos portadores de caftan". Poco después, dice, descubrió la mancha moral de este pueblo elegido. Aseguró que los judíos eran responsables de la mayor parte de la prostitución y trata de blancas. "Reconocí al judío como el director calculador, desvergonzado y sin corazón de este repugnante tráfico del vicio entre la gente baja de la gran ciudad, un frío estremecimiento me recorrió la espalda". Mi Lucha, su libro, está sembrado de alusiones espeluznantes a extraños judíos que seducían a inocentes muchachas cristianas y así adulteraban su sangre. En 1913 abandonó Viena y se fue a Alemania, tenía 24 años. Parecía un fracasado: ni pintor ni arquitecto. Era un vagabundo excéntrico, lleno de libros, sin amigos, familia, trabajo ni hogar, pero con una ilimitada confianza en sí mismo y un sentido ardiente de su misión. Le repugnaba el imperio de los Habsburgo, el conglomerado de razas de la capital, sobre todo los judíos. Mezcla, según él, que corroía a la cultura alemana. El verano de 1914 estalló la Primera Guerra Mundial. Comenzaba el período más memorable de su vida. Lo hirió la derrota. El ejército alemán no había sido vencido en el campo de batalla sino por traidores de la retaguardia. Así nació para Hitler, como para otros alemanes, la leyenda de la puñalada por la espalda que ayudó a socavar la república de Weimar y preparar el terreno para su llegada al poder. Ahí supo su destino: la política. Una decisión fatídica para el mundo. ¿Qué posibilidades tenía un austríaco de 30 años, sin amigos, sin dinero, sin trabajo ni experiencia?

Comenzó a servir para el ejército. Lo destinaron oficial instructor que debía combatir ideas peligrosas: pacifismo, socialismo, democracia. Habló ante un gran auditorio y ése fue el comienzo de una habilidad con la que se convirtió en orador efectivo, de mágico poder.

Utilizó la radio para ganarse a millones de oyentes. Le ordenaron investigar al partido político obrero alemán. Hitler oyó una conferencia de Gottfried Feder y quedó impresionado. Vio el llamado de Feder a abolir las esclavitud capitalista, una de sus premisas esenciales para fundar el nuevo partido. Vio un poderoso slogan para la próxima lucha. Pensó que era una organización como tantas otras. Era época en que surgían muchos partidos políticos, no juzgó a éste diferente.

En esa charla, un profesor propuso que Baviera se separara de Prusia y se fundara Alemania del Sur junto con Austria. Hitler se encolerizó y habló violentamente, la gente miró a este desconocido y joven orador atónitamente. Hitler, luego, leyó un folleto del partido y vio reflejado en él gran parte de sus ideas. Recibió una postal en que se le anunciaba que había sido aceptado como miembro. Fue a una reunión, el ansia de esos hombres de un nuevo movimiento lo atrajo. Pensó que podía unirse a ellos, la insignificancia del partido podía darle la oportunidad a un joven enérgico como él. Tomó la decisión más importante de su vida: se unió al partido. Necesitaban un jefe, qué mejor que un buen orador como Hitler. Se convirtió en íntimo consejero y fue presentado, entre otros, a Rudolf Hess y Alfred Rosenberg.

 






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